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martes, 27 de marzo de 2012

SALIDA DE LA PRISIÓN


Mi padre está orgulloso de venir a buscarme a la prisión.
- No es necesario que vengas a buscarme mañana, espérame en casa con mamá.
- Hijo, llevo mucho tiempo ansiando tu salida de la cárcel, para mí es un honor verte salir por esa puerta y llevarte a casa.
- Bien, entonces hasta mañana papá.
El guarda, obeso y con el pelo grasiento, escuchó toda la conversación. Con una sonrisa irónica y un gran desprecio, me empujó al interior de la celda.
- No tardarás en volver, desgraciado, estaremos pendientes de tus escritos y la próxima vez será mucho peor.
Ya poco me importaba lo que dijera.
He perdido diez kilos. Mis ojos están rodeados de profundas y oscuras ojeras. Mi pelo es cada vez más escaso y blanco, y las marcas de los golpes no desaparecen. Cuando me vean mis padres se asustarán.
Todo por escribir la verdad sobre aquellos policías.
Policías corruptos, adictos a la cocaína y maltratadores. Su abuso de poder era inconmensurable, se creían los amos del mundo.
Cuando vinieron a detenerme, acusándome de un asesinato que cometieron ellos, mis padres intentaron impedir que se me llevaran; con lo que consiguieron, mi padre, una paliza, y mi madre, un empujón que la hizo caer dándose un golpe que la dejó inconsciente. Mientras mi padre intentaba reanimarla a mí me metieron en el coche patrulla a punta de pistola.
De esto hace veinte años porque nunca pude demostrar mi inocencia.
Día tras día he recibido mi ración de patadas y puñetazos, en todo el cuerpo menos en la cara.
Ahora esos policías ya deben estar jubilados o muertos, pero hay otros que siguen sus pasos y no perdonan. Algunos son hijos de aquellos y no olvidan.
Sé que cuando salga no dejarán de controlar mi vida, que intentarán volver a encerrarme con cualquier excusa.
Tendré que desaparecer para que no hagan daño a mis padres y esto para ellos será aún peor que tenerme en prisión.
Son dos ancianos que han pasado más de la mitad de su vida esperando el reencuentro de mañana.
 Hoy, a las ocho en punto de la mañana, salgo al exterior, al mundo, a la libertad.
Fuera me está esperando mi padre y cuarenta personas más.
 Me cogen en volandas. Mi padre espera, pacientemente, para darme un fuerte y emotivo abrazo. Intento que las lágrimas no aparezcan.
A mi padre apenas le queda fortaleza. El hombre alto y fuerte que era se ha convertido en un ser encorvado y débil, notoriamente avejentado.
Me hacen subir a un autobús alquilado por ellos y me llevan a un local donde se encuentra mi madre y muchas mujeres con niños.
Mi madre me mira sonriendo dulcemente y abre los brazos para acogerme en ellos como hacía cuando era un niño. Al verla tan viejita no puedo evitar ponerme a llorar desconsoladamente, mientras ella me calma y me anima.
Me presentan a dos hombres enormes, sus brazos musculosos y tatuados parecen el tronco de un árbol - serán tus guardaespaldas - dice mi padre.
Todas aquellas personas trabajan o han trabajado en el periódico de mi padre, están unidos por vínculos más fuertes que el laboral y ninguno va a permitir que me vuelvan a dañar y mucho menos, a encarcelar.