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viernes, 3 de agosto de 2012

ESTÁIS EN CASA, POR FIN.

"Anochecía. Parpadeaban las primeras estrellas mientras yo continuaba allí sentado, esperando que ocurriera lo que tanto tiempo había deseado.

Se levantó una brisa agradable y fresca que calmó el pegajoso calor de ese día de agosto, mis pies eran besados con sutileza por las olas tranquilas y melodiosas.

Sabía que lo que fuera aparecería en el horizonte, era el día señalado en el manuscrito secreto. Solo yo podría ver el fenómeno que se avecinaba, el que cambiaría mi existencia para siempre. A no ser que hubiera errado mis cálculos, la impaciencia impedía que el sueño me venciera. Llevaba varios días echando solo cabezadas, hasta que encontré la solución al enigma.

De pronto vi acercarse una figura envuelta por un tejido blanco y vaporoso, ajena a mi presencia. No podía ser, la condición era permanecer solo, debía alejarla de la playa, como fuera, aunque tuviera que asustarla. Cuando estaba a un metro de mí se paró, me sonrió y se acercó un poco más. ¿Qué cara debía poner? ¿De depravado, de ebrio, de enajenado?

¡No se asustó, por el contrario, se sentó a mi lado!

-No te preocupes, Daniel, yo también estoy invitada al espectáculo.

No entendía nada, me quedé mudo mientras la contemplaba. Era joven y preciosa, su cabello negro se deslizaba por su espalda hasta rozar su estrecha cintura. Sus ojos eran de un azul turquesa que rivalizaban con el mar, sus labios de coral protegían unas satinadas perlas que formaban un collar perfecto, su sonrisa.

-Creo que debería estar solo – conseguí articular, pasada la primera impresión – por favor, abandona la playa, puedes correr peligro.

-Lo que esperas lo vamos a ver juntos, está en nuestros destinos.

-¿Cómo lo sabes?

-Ayer tuve un sueño, estaba aquí, sentada junto a ti. Una voz profunda decía que debía esperar, que algo portentoso iba a pasar. Que vendría del cielo y que no tuviéramos miedo. Ya ves que conozco tu nombre. Yo soy Estrella – dijo, mirándole serenamente.

Algo en ella hizo que creyera en sus palabras, nos quedamos en silencio, el tiempo pasaba con lentitud.

-¡Mira, Daniel, arriba!

Luces de todos los colores formaban un gran círculo en el cielo, sobre nuestras cabezas, el silencio se hizo absoluto, hasta el mar callaba. Del centro se formó un cono de humo transparente que nos cubrió por completo y nos alzó hasta un habitáculo de cristal. Estábamos solos, nos abrazamos, aquello iba subiendo hasta que pudimos distinguir la redondez de nuestro planeta en su totalidad.

-¿Dónde estamos?, parece una nave – Dijo Estrella, perpleja.

Al instante nos encontramos en un pequeño salón, sentados en cómodos sillones. La pared que nos rodeaba era una gran computadora, miles de pequeñas luces centelleantes inundaban el entorno. Tras una gran pantalla surgió una dulce música y con ella una voz potente, de mujer.

-Bienvenidos.

-¿Quién es usted, qué hacemos aquí? – Preguntó Daniel, a la computadora.

- Soy vuestra madre, hijos míos. Estáis en casa, por fin.