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jueves, 4 de enero de 2018

NAVIDAD DE CUENTO
Isabel Mata Vicente


Hoy es Nochebuena, comeremos un poco más que los demás días, mamá nos ha prometido algo especial, también nos ha dicho que mañana tendríamos un regalito. Yo ya sabía que nos había tejido un jersey a cada uno con muchos restos de madejas de distintos colores mientras ella pensaba que ya dormíamos, pero no dije nada. A las nueve, mi hermana y yo nos sentamos a la mesa, ella tiene cinco años y yo siete, soy el mayor, (no te digo nuestros nombres porque es muy posible que nos conozcas, tanto a mí como a mi hermanita y a mis papás). Mamá se sienta entre los dos y en la silla vacía se sentará papá, que no ha llegado todavía. El pollo despide un olor delicioso, provoca que nuestras bocas se nos hagan agua dulce, pero debemos esperar, en casa nadie come en ausencia de papá. A las diez, los entremeses y el pollo ya han alcanzado la temperatura del exterior: bajo cero. Mi hermanita lee un viejo cuento mientras yo juego al ajedrez con mi madre, no tenemos televisor. Al fin, sobre las once y poco, llega mi papá, trae regalos envueltos en papel de periódico, pero los tira al suelo cuando ve que el pollo está frío y grasiento. Dando tumbos se acerca a mamá, le da un tortazo en la nuca con mucha fuerza y le dice que corra a la cocina a calentar la cena, que está hambriento. Mi hermana y yo guardamos silencio y mantenemos bajada la cabeza, ya habíamos escondido el libro y el ajedrez cuando oímos que se abría la puerta de entrada tras varios intentos frustrados. Papá se sienta en su sitio y tras mirarnos a los dos, suelta una carcajada que desprende un intenso olor a vino. Nos dice que encontró a Papá Noel al lado de los contenedores de basura y que le dio esos regalos, que “se le han caído” antes, para nosotros. «Mañana, nada más levantarnos, podréis abrirlos» –nos dice mientras mamá se afana con la cena. Se levanta haciendo caer la silla y entre risotadas entra en la cocina en busca de bebida, oímos un fuerte golpe y enseguida vuelve a aparecer con varias latas de cerveza y zumo de pomelo para nosotros. «Hay que brindar –nos dice–, es Nochebuena». «Falta mamá» –le digo. «Sí, falta mami» –repite mi hermana. «Vuestra madre está calentando el pollo, luego brindaremos con ella, ahora vamos a hacer chin chin nosotros, va, venga. El año que viene traeré un árbol para que el viejo gordo de pelo blanco ponga vuestros regalos debajo, este año se me ha olvidado, es igual, los pondrá debajo de la ventana» –dijo tras soltar otra risa mezclada con toses y más mal aliento. «Papá, quiero hacer pis –dijo mi hermana–, llama a mami». «Tu madre está ocupada, que te acompañe tu hermano». Hacía rato que no oíamos ningún ruido proveniente de la cocina. Le di la mano a mi hermana y avanzamos por el pasillo hasta el cuarto de baño. Quería ir a la cocina para ver si mi mamá estaba bien, la última Navidad tuvo que quedarse en el hospital más de dos semanas, pero para eso debía pasar por delante de mi papá y sé que no va a dejarme ir. Al volver del baño, le pregunté si quería que le trajera el cartón de vino.«¡No!, ya iré yo» –contestó con un grito que me paralizó y encogió a mi hermanita. El silencio se apoderó del comedor durante varios minutos, solo roto por la garganta de mi papá al acabar su lata de cerveza de un trago. «¡Me aburro! ¿Sabéis qué, niños? Como vuestra madre está tardando mucho, vamos a abrir vuestros regalos ahora, ¿qué os parece?, ¿a que mola? Venga, abre tú el tuyo, niña, a ver qué es» –exclamó señalando uno de los dos paquetes, el más grande. Mi hermanita se levantó y cogió su regalo, ilusionada, lo abrió y apareció una muñeca casi tan alta como ella, medio calva, con una sola pierna y llena de lamparones. Luego llegó mi turno, abrí mi paquete y descubrí, envuelto en varias capas de papel de diario humedecido, un coche de bomberos sin ruedas y sin luces. «¿Qué? ¿No os gustan los regalitos? –preguntó al ver nuestras caras entristecidas–. Pensad que hay muchos niños en el mundo que ni esta noche ni mañana recibirán nada». «Es una muñeca muy bonita, papá, ya la bañaré y la llevaré al hospital para que la curen, como a mamá» –dijo en voz muy bajita mi hermana mientras peinaba a la muñeca con sus deditos. «Papá, yo de mayor quiero ser bombero» –exclamé con una media sonrisa. Mi hermana y yo saltamos a la vez sobre la silla cuando mi padre gritó hacia la cocina exigiendo la cena. «¡Estoy muerto de hambre, joder, y tus hijos también, a ver si espabilas!» Nadie respondió. Mi papá se levantó de golpe y se dirigió a la cocina, nosotros le seguimos para enseñar nuestros juguetes a mamá, a pesar del miedo. Mi mamá estaba tumbada en el suelo, dormida, una mancha roja se extendía bajo su cabeza. La cazuela con el pollo estaba sobre el fuego, pero este se había apagado, un olor penetrante inundó de pronto nuestras narices. Mi papá sacudió el brazo de mamá para que se despertara, pero debía estar muy cansada porque no le hizo caso. Él se sentó en una silla de la cocina mientras se sacaba la colilla de un puro del bolsillo de la camisa. La explosión nos cegó y nos ensordeció, pero solo duró un instante. Los bomberos tardaron casi toda la noche en apagar el fuego que destruyó el edificio entero. «Feliz Navidad, mamá» –pronuncié antes de dormirme.


Cuento participante en el Concurso de cuentos de Navidad patrocinado por Zenda e Iberdrola.

4 comentarios:

  1. Muchos hogares están naufragando en situaciones similares. Has escrito una realidad sin tachones y con tinta de una pluma que conozco.
    Que bonito fuese si la sonrisa llegase por igual a todos sitios, sé que es imposible, pero, lo importante es no dejar en creer.
    Mi linda, que emotivo tu cuento!
    Besos, Telma Campollo.

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. El dolor de "muchos" es ignorado por "otros". ¡Así es la vida!, mientras otros rien el resto trata de sobrevivir.
    Me ha gustado mucho su cuento, me ha tocado el alma!

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  4. Muchas gracias a los dos por el comentario.
    Un saludo cordial.

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GRACIAS POR TUS COMENTARIOS.